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Hace algunos meses habíamos probado el Merlot 2000 vielles vignes de Los Boldos, el cual pudo comprobar el cierto interés de esta cosecha si se trabajaba con rigor y adaptación.
Con la misma lógica, vemos hoy el vino ícono de la viña de la Requinoa, el Gran Cru 2000, a la diferencia que este ensamblaje, a a partir del Merlot, tiene una gran mayoría de Cabernet.
Producto de las parras de edad más que respetable (alrededor de 50 años) este vino, tras una buena oxigenación, libera una nariz tan intensa y profunda como su color. Con alta madurez, se entrega una mezcla de frutas negras y rojas como ciruela seca, cassis y cereza. Tonos silvestres de hojas secas, violetas, más algo especiado tipo regalis y pimienta se suman a una madera de alto vuelo todavía presente con sus toques de tabaco y otros balsámicos. Una última impresión de aceituna negra completa el retrato deuna complejidad llamada a evolucionar aún más.
La boca se revela un poco más tímida debido a una fuerte estructura de taninos apretando todavía su potencial aromático. Sin embargo, su redondez, su densidad y la masa de su materia aseguran la futura integración de su armadura tánica cuyo grano es excelente y sabroso.
El equilibrio que nunca falta de frescura y el largo final son también elementos claros.
Sintesis de paradoxos, el Grand Cru logra unir exhuberancia y elegancia, encanto y rigor, modernidad y tradición. Uno de los éxitos del 2000, que se debe esperar por lo menos dos años. Sino, comprarse además un decantador.
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